lunes, 19 de enero de 2009

Acerca de Zorras, Cigüeñas, Perros y Video


Hacía mucho tiempo que la zorra y la cigüeña no se veían. Ambas señoras se guardaban un tremendo rencor, y al volverse a encontrar cierto día, a la zorra se le ocurrió jugarle una broma pesada a la cigüeña.

— Debemos celebrar este encuentro, amiga mía. ¿Por qué no vienes a comer a mi casa? 

Complacida, la cigüeña partió y se dirigieron a dicho encuentro. El olor que emanaba de la cocina de la zorra era exquisito, y la cigüeña se regocijaba de haber aceptado la invitación. Pero pronto acabó su encanto; la zorra había servido en platos lisos como mármol, y mientras ella comía despreocupada, la  cigüeña, cuyo pico largo y puntiagudo la incapacitaba para la ocasión, se relamía en agonía. La zorra, consciente de esto, reía para sus adentros.

Educada, la cigüeña disimuló la desazón; pero no sin pasar por alto semejante jugarreta. Poco después la invitación fue extendida para la zorra a la mesa de la cigüeña.

— Quiero devolverte la atención que tuviste conmigo. ¿Por qué no vienes a comer a mi casa?

Los olores eran equiparables en delicia, pero estavez fueron servidos en profundas y delgadas botellas de vidrio; ideales para el pico de la cigüeña, pero un impedimento para el chato hocico de la zorra.Apenas el frío vidrio alcanzaba a lamer la desdichada zorra, mientras la cigüeña disfrutaba del banquete y de ver a su compañera recibir su merecido.

No se puede molestar a los otros sin sufrir el castigo.

-Fábula de la Fontaine-

El perro del video "Dog Biscuit in Glass Jar" del artista William Wegman, me hizo recordar repentinamente el relato anterior, que leí en un viejo libro de fábulas cuando apenas tenía 10 años. Recuerdo haber vivido esa misma angustia al comprobar en carne propia -sugestionado por la contundencia de la narrativa- el horror de saberse imválido por las propias limitaciones físicas. Me parece muy sofisticado, y a la vez macabro, el sentido tan refinado de la sensibilidad humana del cual Wegman se aprovecha en esta pieza para conectar al espectador con su obra. Además, en lo personal, ha significado todo un Déjà vu el revivir aquello que el folclor guardó en un cuento popular, a través de la apropiación del artista de esta experiencia angustiadora, en cierto sentido almacenada y compartida en una conciencia colectiva.

Me pregunto, finalmente, si el taimado Wegman recibirá alguna vez una lección de parte de sus perros, como la señora zorra lo hizo. Quizá los perros, a final de cuentas, siempre estuvieron de acuerdo en ser parte el experimento.

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